lunes, 2 de junio de 2008

Defensa personal


Poco o nada te costó enseñarme alguna de las estrategias básicas para defenderme contra las adversidades. Recuerdo claramente ese día. Un golpe bajo y uno a la altura de la nuca para ganar un poco de tiempo, afirmaste con seguridad.

En ningún momento dudaste en ser el receptor de uno que otro golpe mío, pero por lo general los esquivabas a la perfección con una llave que en menos de 3 segundos nos tenía "cuerpo a tierra". El contrataque era único; la mirada fija sobre mí, tu aliento algo agitado y tus manos a la altura de mi cadera. El impedimento era notorio, no era posible si quiera suspirar sobre tu rostro porque podía sucumbir -una vez más- ante la tentativa de tus labios ...

Finalmente, la sesión no duró mucho, las llaves que me enseñaste sólo me enrredaban entre tus brazos y me dirigían hacia tus ojos sin mencionar -claro- la manera en la que tu perfume me envolvía. Aprendí ... sí, algo aprendí. Inmovilizar a la víctima con un knock out en la nariz, algo mencionaste sobre un golpe en la ingle o tal vez una patada en la boca del estómago. Ah, claro ... el infaltable puño en un ángulo de 45º ¿o era 90º ? y por supuesto, el cabezazo de rigor.

Sin embargo, ahora que me encuentro ante la mayor de las peleas, me pregunto porque nada de lo que sé y me enseñaste me sirve para vencer lo que siento. Dime, ¿Cómo hago que el sabor de tus besos no me consuma, que el reflejo de tu mirada no atraviese mi corazòn, qué el color de tus ojos no me confunda, que tu nariz no me provoque, que tu aliento no me persiga, que tu olor no me invada y por sobretodo que tu voz no arulle más mis momentos de soledad? ¿Es acaso a ti a quién tengo que vencer?




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